Hace hoy justo una semana que fuí al cine, aprovechando que los miércoles son el "día del espectador", para ver la Odisea de Nolan, que aunque no voy a hablar de ello, en este momento, puedo decir que me gustó, más allá de no tener mucho que ver con la historia que originalmente cantó Homero.
El tema de estas breves líneas hace referencia a lo tortuoso que se hace acudir, hoy en día, al cine, porque lo que otrora era un acto catársico de liberación y disfrute de los sentidos, ha devenido en una especie de tortura sin fin, alimentada por las propias salas que permiten comportamientos y acciones que nada tienen que ver con lo que originalemente suponía acudir al cine a pasar un buen rato y disfrutar de una buena película.
La odisea comenzó desde el mismo momento en que tomamos asiento en la sala, puesto que los dueños de la misma, no tuvieron la más mínima deferencia con el público que acudimos a la sesión de las diez y media de la noche, para una película de cerca de tres horas, y que nos tuvimos que "tragar" la media hora de anuncios y promociones que tienen todas las películas, haciendo que cuando salimos del cine nuestra espalda se encontrase resentida y que la madrugada estuviese ya bien avanzada.
Con los anuncios y consejos de fondo estuve acomodando mi cuerpecito a los asientos, que son reclinables, y se puede uno casi tumbar, como si estuviese en el salón de casa, lo cual, aunque parece ventajoso, en realidad, para los que tenemos unos kilos de más, la combinación postural, la penumbra, y las altas horas de la noche, contribuyen a tener que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acabar en los brazos de Morfeo y roncando a pata suelta. Qué iluso, dormirse, imposible, la película tenía oculta varias trampas, en primer lugar los espectadores que nos acompañaban por la banda derecha de donde nos encontrabamos nosotros, mi mujer y quien suscribe este texto, y en donde estaban devorando una serie de cubos de palomitas de un tamaño gigantesco, al menos tres cubos, a los que sólo faltaba añadir un escurridor para tener el mismo tamaño que el de un cubo de fregar al uso. Comían a dos carrillos, y viendo el volumen de lo que ingerían, llegué a pensar que difícilmente aguantarían despiertos el final del film, puesto que digerir tanta cantidad de maíz procesado requeriría un esfuerzo ímprobo par esos estómagos.
La travesía seguía a buen ritmo, y la película comenzaba con el caballo de Troya varado en la playa, y con los aqueos dentro, esperado que Príamo picase el anzuelo, pues justo en ese momento ocuparon los asientos de la banda izquierda, una pareja, la chica se acomodó a mi lado, comenzaba el infierno, y los devoradores de palomitas conformaban un juego de niños para lo que me esperaba. La pareja, como no, llevaba también su paquetito de palomitas, en este caso de tamaño normal, diminuto si se compara con los anteriormente referidos, pero, en concreto la muchacha, comía las palomitas de una en una, y las daba un muerdecito, como si de una pipa se tratase, virgen santa, que molesto se hacía cada viaje, palomita a palomita, chasquido a chasquido y vuelta a empezar. En ese momento, por primera vez en la noche, puse el asiento normal y me recliné hacia adelante, pero aquello no acababa, las palomitas iban minando mi paciencia, y no encontraba la postura, como cuando te has puesto hasta arriba de panceta y pestorejo y la "jitera" de ardores no te deja pegar ojo.
La chica fue al baño, pude seguir un poco el argumento de la película, al parecer Polifemo era un ser horroroso y medio idiota, muy alejado de la realidad homérica, resultando una secuencia bastante desaprovechada que pudiera haber hecho de la película algo mejor. Estaba descubriendo que Elena de Troya era una mujer de color, qué manía, cuando la señorita de las palomitas regresó y tomó asiento de nuevo, hubo una breve tregua en su actitud molesta, escasos segundos, cuando se puso a hablar un ratito con su pareja, como su estuviesen en su casa, y después, el debacle, comenzó la tos, dos toques secos, y una especie de respiración profunda..., al medio minuto el ritual se repetía, así estuvimos las dos horas largas de película que nos restaban. Al igual que con las palomitas me eché hacia adelante, tratando de huir, imposible, los dos castañazos volvían a sonar cada pocos segundos, metódicamente, parecía que me buscaban, tras varios minutos y con la espalda dolorida por estirarme tanto, decidí volcar mi prominente natura hacia el asiento de mi señora, hubo un momento en que me riñó, y me indicó de malas maneras que me sentase bien.
En aquel momento ya era consciente de que con semejante tos, microbios y bichitos en el aire incluidos, me iba a poner malo, como así ha sido, he desarrollado un catarro que me ha apañado la semana y que, en este momento, todavía estoy intentando curar, aun así, a pesar de todo, continué con mi empeño por tratar de seguir la historia y obviar los muchos "trabajos" que tenía que sortear para llegar a buen puerto, y en cierta medida lo estaba consiguiendo, cuando hubo un acontecimiento final, un aldabonazo que me hizo pensar por un momento que aquella noche de pesadilla se debía a algún tipo agravio perpetrado por mi persona hacia los dioses y por ende semejante castigo. Pues bien, en el momento en el que Argos reconocía a Odiseo, a pesar de su disfraz de mendigo, observé, atónito, como se acercaba un hombre por nuestra fila y en dirección a nuestros vecinos de la banda derecha, cuando pude fijarme bien, el tipo iba con uniforme, y portaba tres o cuatro cajas de pizzas que entregó a los devoradores de palomitas. Increible, el repartidor de pizzas en el cine. Los chavales de las palomitas, parece que poco llenos e insaciables, acabaron el festín con unas pizzas, y sin quererlo haciendo un homenje a la escena de Circe, donde los hombres de Odiseo comían como animales, y acaban convertidos en cerdos.
No hubo nada más reseñable en la noche, creo que la misma tuvo un poco de guerra de Troya, y bastante de Odisea, y, al margen de bromas, pienso que el cine es uno de los últimos templos que nos quedan, donde disfrutamos de una actividad tal y como hicieron nuestros padres, claro está, este tipo de actuaciones han cambiado este concepto de cine, y como en la mayoría de cosas de nuestro tiempo prima el consumo y el mal gusto, ni que decir tiene, que ni los devoradores de la derecha, ni la egoista de la izquierda, han leído ninguno de los clásicos de Homero. Anuncios, palomitas, toses, pizzas, olor a pepinillos, y los móviles alumbrando la sala, conforman el cambio de sentido que ha iniciado el septimo arte, seamos cautos, y mantengamos a buen recaudo uno de los últimos refugios. Buena noche amigos.