Este verano he leído tres novelas, muy distintas, pero que me han encantado. Por orden cronológico, primero me leí “la Trilogía de Nueva York”, de Paul Auster, tres historias breves de corte detectivesco, y ambientadas en la Gran Manzana, después, me adentré en la obra de Sartre, con “la Náusea”, en donde descubrí, el existencialismo a partir de las vivencias de Roquetin en Bouville, y para acabar, decidí recurrir a un clásico español, Pío Baroja, y su “El árbol de la Ciencia”, una entrañable historia, que enseña, que hace gozar, y que tiene un final bastante triste. Además también he leído cuatro novelas gráficas, a saber; El Diablo y el señor Twain, Houdini, el rey de las esposas, Taxi, y Von Braun, la cara oculta de la luna. Cada una con su temática, conforman obras de primer nivel, que me han hecho viajar, aprender, pensar, y soñar, por lo que como final del verano, y con otras lecturas por delante, a modo de homenaje, les propongo esta pequeña “miscelánea” en la que se mezclan todas estas lecturas a partir de un viaje figurado de Antoine Roquetin a Bouville, y un inesperado ataque de náusea. Espero que esté breve texto sea de su agrado.
Bouville no había cambiado en todos aquellos años, el aspecto del barrio aristocrático y de la zona burguesa seguían igual. Había marchado hacía cinco años a París, y ahora volvía para cerrar unas gestiones administrativas en el Ayuntamiento de la localidad. Por fin se iba a jubilar, y necesitaba acreditar sus años viviendo e investigando en aquella bonita localidad de la costa normanda. La visita al consistorio se prolongó más de la cuenta, puesto que los pequeños trámites le hicieron contar la misma historia a distintos funcionarios, quienes solícitos, e incompetentes, no dudaron finalmente en pasarle con Monsieur Rannequin, el alcalde, que seguía siendo el mismo desde hace veinte años; este se mostró interesado por su vida en el gran París, y dio el visto bueno a las pesquisas. Salió a la calle, y respiro el aire puro cargado del salitre del mar, que recuerdos, parecía que el tiempo no hubiera pasado. Recorrió la calle Tournebride, con sus escaparates y luminosos, por un momento volvió a los paseos dominicales y a los sombreros. No pudo dejar de sonreír para sus adentros. Se sintió un poco sólo, al tiempo que noto un ligero malestar, latente, nadie le reconocía, y tan solo habían pasado unos pocos años. Sus pasos le dirigieron a la Plaza de las Hipotecas, donde seguía impertérrita la estatua de Impetraz. Saludo al viejo conocido de bronce y subió a la biblioteca. Cuánto tiempo había pasado entre aquellas paredes, con sus filas de libros, con su tranquilidad, con ...Al fondo, en una mesa un tanto apartada, estaba "el autodidacto", como era habitual comía un trozo de chocolate que guardaba,cual tesoro, en una servilleta, al tiempo que leía un pequeño libro. Sin que lo advirtiera se acercó y tomó asiento enfrente del hombre. No había cambiado mucho, pero sus canas eran más evidentes, y su cuello denotaba el paso del tiempo. Pudo ver qué había avanzado en sus lecturas, y en aquel momento leía a Twain, ya había alcanzado la "t", siguiendo su proceso de lectura por orden alfabético. El libro concreto que leía era "el Forastero misterioso", una historia que debía ser apasionante viendo la atención que acaparaba de su lector. En un momento determinado las luces de la sala empezaron a cambiar de tonalidad, y los sonidos empezaron a llegar atenuados, con un molesto eco. Sabía que estaba sufriendo un ataque de Náusea, pero no tuvo ni ganas ni fuerzas para oponerse al mismo. El autodidacto le reconoció pero se habia convertido en una gran nariz con unas gafas que le sonreían y le hablaban. No le hizo demasiado caso, estaba entretenido viendo como dos moscas copulaban en la pared, justo encima de la cabeza del hombre, que no parecía advertir el molesto zumbido. Escuchó que el autodidacto hablaba de unos "misiles" que, al parecer, estaba fabricando Alemania en aquel momento, al tiempo que le enseñaba una revista en la que aparecía un tal Wernher Von Braun, y unos ingenios militares denominados V2. Aquel hombre, o aquellas gafas, no paraban de parlotear, y deglutir pequeños mordiscos de chocolate. Se acercó a la ventana, el sol le deslumbró un poco, pero pudo ver qué se estaba montando un estrado para alguna actuación circense. Se dio cuenta en aquel mismo momento que la plaza estaba engalanada, claro, serían las fiestas locales. Qué pereza pensó. Llevaría un rato sumido en el malestar cuando observó que el autodidacto hablaba en susurros con un extraño hombre, que vestía con unas maneras propias del siglo XIX, y además por el acento era, sin dudas, español. En su combate dialéctico defendían posturas filosóficas distintas, por una parte el autodidacto seguía, como antaño, con una defensa de los ideales humanistas, y su empeño por mejorar al hombre, por medio de la cultura y el progreso. Por su parte el individuo recién llegado, al que llamaban Monsieur Iturrioz, abogaba por una actitud más práctica y menos idealizada del ser humano.
Querido Antoine, aquí el Monsieur Iturrioz, defiende, como usted, una actitud …, digamos, menos amigable con el hombre, y hasta rechaza el racionalismo, lo que va en contra de toda filosofía sensata -argumentó “el autodidacto”.
No he dicho eso, he señalado que el hombre debe aprender a vivir sorteando las dificultades de la vida, y para ello debe ilusionarse y tener un plan, pongamos …, pragmático. No, no creo a ultranza en la bondad del hombre, ni en un exceso de racionalismo, hay que saber vivir - especificó Iturrioz.
Se puede saber por qué cuestiona el racionalismo de una forma tan tajante - interrogó Roquetin.
Pues lo hago desde la experiencia. Mi sobrino Andrés, se convirtió en un absoluto defensor de las teorías racionales de Kant y Schopenhauer, y sin embargo, estas ideas no le trajeron nada bueno, ese pesimismo le hizo caer en la depresión, perdió las ilusiones, y finalmente - hizo una pausa, para añadir …se suicidó.
¡Vaya! Cuánto lamento. Sin embargo yo difiero de ambas posturas, no creo en el humanismo, está superado, y su pragmatismo es otra vuelta de tuerca a lo anterior. No hay ningún plan, no hay ninguna esperanza, sólo existimos, sin más, y nuestros actos nos darán una esencia cambiante. Siento arruinar sus pensamientos, pero creo que ambos se equivocan. Por ejemplo, un cuchillo es creado para un fin específico, cortar, esa es su esencia, pero el hombre, sólo existe, no tiene una esencia preconcebida - argumentó Roquetin.
En aquellos instantes un sonido de orquesta y fanfarria entró por la ventana, al tiempo que los altavoces anunciaban un espectáculo de escapismo en el estrado recién levantado. Anunciaban a un mago italiano “el gran Estéfano”, quién al parecer había sido discípulo de Houdini, el rey de las esposas. Empezaba a salir del trance cuando se percató que ya era la hora de comer. No había tiempo que perder, debía llegar a la estación para tomar el tren a París que partía a las tres y media. Salió sin despedirse de la estancia, en aquel momento, Monsieur Iturrioz seguía debatiendo con “el autodidacto”, y, por extraño que parezca, sus piernas se habían desdibujado, vamos, que no tenía piernas. En la calle la multitud se agolpaba en la inmediaciones de la plaza, para ver al nuevo Houdini, por ello, se alejó un poco, y detuvo un Taxi de extraño aspecto. Iba conducido por otro español, ya era casualidad, el tipo, vestía muy raro y se hacía llamar Sandino. Le contó que había llegado a Bouville desde Barcelona, y que lo había hecho por traer al hermano de un buen amigo. No hubo mucha más charla, y el tipo puso música en el auto, una música irreverente, al ver su asombro el taxista explicó que eran los Clash, un grupo antisistema, que cuestionaban el futuro.
¿Cómo decía que se llamaba usted? Paul Auster o era Peter Stillman -interrumpió al taxista.
No, me llaman Sandino, por un disco de los Clash, ya sabe, cosas de juventud.
No entendía muy bien qué pasaba, Sandino, le confirmó que todo aquello era fruto de su Náusea, que no existía en realidad, pero Roquetin no le escuchaba, sólo pensaba en Anny y en “el egipcio”.